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Trabajo
A plena luz del día, mientras la ciudad sigue en lo suyo —apresurada, indiferente, como siempre—, hay quienes hacen que las cosas sí pasen. Aquí no hay discursos ni poses: hay manos, hombros y coordinación.
El equipo del Polígono 16 no trabajó solo. Compañeros de otros polígonos se sumaron sin tanto protocolo, porque cuando la chamba es real, las etiquetas sobran. Entre todos descargaron la mercancía del programa Del Campo a la Ciudad del Gobierno de la CDMX, demostrando algo bastante simple pero que a veces se olvida: el trabajo en equipo no es discurso, es acción.
El esfuerzo, sí, es de unos cuantos… pero el beneficio cae directo en la comunidad. Y mientras algunos discuten cómo deberían hacerse las cosas, otros ya las hicieron. Así, sin ruido. Así, en conjunto.
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Angy.
La anunciadora de las ofertas
En la entrada del negocio, bajo un letrero que promete ventas al público general y mayoristas, aparece ella: figura luminosa en medio del ruido, la banqueta y el sol. No está ahí solo para posar; está ahí para traducir la mercancía al lenguaje de la calle. Su presencia dice, antes que cualquier altavoz: aquí hay algo que mirar, algo que preguntar, algo que comprar.
La demostradora, edecán o demoedecán cumple un oficio extraño y poderoso: vuelve visible lo que podría pasar inadvertido. Con el cuerpo, la sonrisa y la voz, anuncia precios, ofertas del día, promociones que duran poco y oportunidades que, como suele pasar en la ciudad, se van si uno se queda pensando demasiado. Capitalismo con pestañas, pues; pero también trabajo, aguante y estrategia.
Alguien “de buen ver” no es un adorno en esta escena: es una señal viva, una invitación humana en medio de lonas, puertas abiertas, camionetas, bocinas y tránsito. Su imagen organiza la atención. Convoca al cliente, despierta curiosidad, rompe la indiferencia del paso cotidiano.
En Iztapalapa, la banqueta se vuelve escenario y mostrador. Ella levanta la mano como quien enciende una pequeña alarma festiva: vengan, pregunten, aprovechen. Y en ese gesto sencillo se sostiene una economía entera: la del negocio que necesita vender, la del comprador que busca precio, y la de quien presta su presencia para que la oferta no se pierda entre el ruido de la ciudad.
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Reynaldo – MURALISTA MEXICANO
Reynaldo no pinta: pelea con el muro.
Cada trazo suyo es terco, como si el concreto le respondiera.
Entre cubetas, andamios y colores que no piden permiso, va armando memoria:
rostros que no salen en los libros, pero sostienen la historia.
No hay prisa.
El tiempo aquí se queda colgado junto a la escalera, viendo cómo un hombre le arranca silencio a la pared.
Porque mientras otros borran,
Reynaldo insiste.
Y en esa necedad —bendita necedad—
México vuelve a mirarse de frente.
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Los inadaptados CDMX
Hay algo profundamente humano —casi ritual— en rodar en grupo. No es solo una suma de cuerpos sobre bicicletas, sino una pequeña comunidad en movimiento, un microcosmos donde se ensaya, sin tanto discurso, lo que significa pertenecer.
El ciclista solitario pedalea contra el viento; el grupo, en cambio, lo domestica. Ahí aparece una lógica antigua: la del acompañamiento como estrategia de supervivencia. No es casualidad. Desde tiempos remotos, el ser humano entendió que avanzar juntos no solo hace más ligero el trayecto, sino más llevadera la existencia. En la rodada, como en las caravanas o en las peregrinaciones, nadie debería quedarse atrás. Y cuando alguien se rezaga, el grupo se detiene. No por caridad, sino por principio.
La bicicleta, en ese sentido, es más que un artefacto: es un mediador. Entre el cuerpo y la ciudad, entre el cansancio y la calma, entre el ruido exterior y el silencio interno. Hay algo terapéutico —aunque suene a cliché de consultorio barato— en el ritmo constante del pedaleo, en la respiración que se acomoda, en el pensamiento que deja de tropezarse consigo mismo. Pero esa terapia se vuelve otra cosa cuando es compartida: ya no es solo introspección, es vínculo.
El grupo de ciclistas es, entonces, una forma contemporánea de tribu urbana. Sin jerarquías rígidas, pero con códigos claros: se espera, se cuida, se acompaña. Se bromea, se sufre y, a veces, se maldice la subida… pero nadie se abandona. Porque en el fondo —aunque no se diga en voz alta— se sabe que lo importante no es llegar primero, sino llegar juntos.
Y eso, en estos tiempos donde cada quien parece ir por su cuenta, casi como si competir fuera la única manera de existir, resulta una pequeña rebelión sobre ruedas.
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Hugo y Miguel
Los organilleros no son uno: son muchos.
Son parte de un pulso colectivo que todavía resiste entre el ruido y la prisa.
Caminan la ciudad como si la conocieran desde antes de que fuera ciudad.
No solo cargan un instrumento: cargan memoria, historia, calle. Y lo hacen juntos, aunque a veces parezca que van solos.
El sonido del organillo no pide atención, la ocupa.
Se cuela entre claxonazos, vendedores, pasos apurados… y ahí se queda, como un recordatorio incómodo: no todo lo viejo se fue, no todo lo olvidado está muerto.
Ellos no son folclor de postal.
Son trabajo, son rutina, son herencia compartida. Son una forma de decir “seguimos aquí” sin necesidad de gritarlo.
Porque al final, el organillo no suena para uno solo.
Suena para todos.
Y en ese giro constante, en ese aire repetido, lo que realmente se escucha es algo más grande:
la ciudad tocándose a sí misma, en colectivo.
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My bro: Ney
A mi amigo Neythan, hijo de Judith y hermano de Karim:
Aunque eres el más pequeño, tienes un corazón enorme. Siempre estás dispuesto a ayudar, a acompañar y a hacer las cosas con entusiasmo. Eres de esos que no saben estarse quietos, porque tu energía y tus ganas de hacer siempre van un paso adelante.
Eres trabajador, juguetón y alegre, y eso te hace alguien muy especial. No cualquiera tiene esa chispa que tú tienes, esa forma de nunca rendirse ni aburrirse cuando hay algo por hacer.
Gracias por ser así, Neythan. Por tu actitud, por tu alegría y por todo lo que aportas, incluso sin darte cuenta.
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