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Sofia & Camila
A la izquierda está Sofía, de seis años; a la derecha, Camila, su tía de apenas nueve. Entre ellas sólo existen tres años de diferencia, pero la familia, que gusta de jugar con el tiempo y desordenar las generaciones, ya les ha entregado sus respectivos lugares en el árbol genealógico.
Camila posee la grandeza particular de ser tía cuando todavía está aprendiendo a ser niña. No lleva la autoridad de los adultos ni la solemnidad de los parentescos antiguos. Su manera de cuidar ocurre en el juego, en la risa y en esa confianza con la que Sofía permite que le pinten el rostro. Aquí el maquillaje no es un simple adorno: es un pequeño rito de cercanía, una ceremonia doméstica donde una niña transforma a otra mientras ambas se reconocen como parte de una misma historia.
Sofía no mira a Camila como a una figura lejana. La mira desde la complicidad. Porque una tía de nueve años no aconseja desde una silla ni cuenta historias del pasado remoto. Se sienta al lado, comparte los juguetes, inventa personajes y convierte cualquier habitación en territorio de aventuras. Es tía, sí, pero también amiga, hermana simbólica y compañera de travesuras. La genealogía, tan seria cuando aparece escrita en los documentos, aquí termina cubierta de colores y carcajadas.
En esta fotografía, Camila y Sofía nos recuerdan que la familia no se mide solamente por la edad, sino por los vínculos que se construyen. Camila tiene nueve años, pero ya ocupa un lugar enorme en la memoria de su sobrina. Y Sofía, con seis, posee algo que no todos tienen: una tía que puede acompañarla durante casi toda la vida, creciendo a su lado.
Porque la grandeza de tener una tía niña consiste precisamente en eso: tener una raíz que también florece, una guía que todavía juega y una cómplice familiar con quien descubrir el mundo.
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Los Hijos del Canal: Hermandad sobre Ruedas
Va, dejemos las etiquetas de lado. Hablemos de ellos como esa manada sobre ruedas: Mariwatzin, Crismelancholy, Lion_quack, Garvanito, Kriker, Huesos y Abner Skate. Juntos, son la prueba de que la patineta no es solo acrobacia, es perseverancia compartida. Cada truco que logran es fruto de caídas, levantarse y apoyarse. En este canal, han echado raíces. Su bandera es el sonido de las ruedas. Y en esa hermandad de jóvenes, el canal es tanto su pasado como su futuro.
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JAZMIN
Hay trabajadores cuyo oficio consiste en recorrer distancias; otros recorren voluntades. Jazmín hace ambas cosas. Desde hace cinco años atraviesa las calles de Iztapalapa sobre su motocicleta, ligera y constante, como un colibrí que reconoce el jardín flor por flor. Sólo que las flores, en este caso, son las pequeñas tiendas de barrio que sostienen la vida cotidiana de la ciudad.
Su llegada nunca es un acto mecánico. Es un saludo, una conversación breve, una pregunta sobre lo que hace falta y una promesa silenciosa de volver con el producto que mantendrá abastecidos los anaqueles. En ese intercambio se teje una relación que va más allá del comercio: es un pacto cotidiano de confianza entre quien vende y quien abastece.
Octavio Paz escribió que la vida se revela en los encuentros. También las ciudades. Iztapalapa no se construye únicamente con avenidas y edificios; se edifica con miles de diálogos discretos como éste, donde una motociclista escucha, anota y continúa su camino para que, días después, la mercancía llegue a tiempo y el barrio siga latiendo con la normalidad que casi nadie advierte.
Como el colibrí que visita una flor sin agotarla, Jazmín va de tienda en tienda llevando consigo algo más valioso que un catálogo: lleva la continuidad de la vida cotidiana. Porque detrás de cada botella colocada en un estante, de cada pedido registrado y de cada regreso cumplido, existe un oficio paciente que rara vez recibe aplausos, pero que mantiene en movimiento el pulso invisible de la ciudad.
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James, Adriana y Buor en Iztapalapa
Hay oficios que producen objetos; otros producen memoria. El muralista pertenece a esta segunda estirpe. Su taller no tiene techo, su lienzo mide calles y su galería es el barrio entero. Mientras el tiempo insiste en desgastar los muros, él responde con color, devolviéndoles dignidad y sentido.
En esta esquina de Iztapalapa, James, Adriana y Buor no sólo pintan una pared: dialogan con la ciudad. Cada trazo es una conversación con quienes pasan apresurados, con los niños que crecerán mirando ese muro y con los vecinos que, sin advertirlo, comienzan a reconocer su colonia en los colores que la habitan. El mural deja de ser pintura para convertirse en identidad.
El arte público posee una virtud que pocas expresiones alcanzan: no exige boleto ni cita previa. Sale al encuentro de la gente y democratiza la belleza. Allí donde antes hubo concreto desnudo, aparece una historia compartida; donde existía anonimato, florece el orgullo de pertenecer.
Como habría sugerido Gutierre Tibón, las ciudades también se escriben con imágenes. Y cuando manos como las de James, Adriana y Buor convierten un muro en relato, Iztapalapa deja de ser solamente un territorio: se vuelve una obra colectiva, donde el color vence al olvido y el arte demuestra que la cultura también se construye, brocha en mano, a ras del barrio.
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