Rodrigo Alonso

Les légendes de Rodrigo Alonso /

558 images légendées.

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2019

Sofia & Camila

A la izquierda está Sofía, de seis años; a la derecha, Camila, su tía de apenas nueve. Entre ellas sólo existen tres años de diferencia, pero la familia, que gusta de jugar con el tiempo y desordenar las generaciones, ya les ha entregado sus respectivos lugares en el árbol genealógico.

Camila posee la grandeza particular de ser tía cuando todavía está aprendiendo a ser niña. No lleva la autoridad de los adultos ni la solemnidad de los parentescos antiguos. Su manera de cuidar ocurre en el juego, en la risa y en esa confianza con la que Sofía permite que le pinten el rostro. Aquí el maquillaje no es un simple adorno: es un pequeño rito de cercanía, una ceremonia doméstica donde una niña transforma a otra mientras ambas se reconocen como parte de una misma historia.

Sofía no mira a Camila como a una figura lejana. La mira desde la complicidad. Porque una tía de nueve años no aconseja desde una silla ni cuenta historias del pasado remoto. Se sienta al lado, comparte los juguetes, inventa personajes y convierte cualquier habitación en territorio de aventuras. Es tía, sí, pero también amiga, hermana simbólica y compañera de travesuras. La genealogía, tan seria cuando aparece escrita en los documentos, aquí termina cubierta de colores y carcajadas.

En esta fotografía, Camila y Sofía nos recuerdan que la familia no se mide solamente por la edad, sino por los vínculos que se construyen. Camila tiene nueve años, pero ya ocupa un lugar enorme en la memoria de su sobrina. Y Sofía, con seis, posee algo que no todos tienen: una tía que puede acompañarla durante casi toda la vida, creciendo a su lado.

Porque la grandeza de tener una tía niña consiste precisamente en eso: tener una raíz que también florece, una guía que todavía juega y una cómplice familiar con quien descubrir el mundo.


le mercredi 29 juillet


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18/07/2026

mi tesis =(


le samedi 18 juillet


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SKA REVOLUCION

Avenida Ermita. El nombre remite al recogimiento, pero la realidad ofrece un río incesante de motores, cláxones y prisas. Paradójicamente, es allí donde dos artistas deciden plantar resistencia. No con consignas ni barricadas, sino con aquello que la ciudad suele olvidar que necesita: el asombro.

Uno desafía la gravedad mientras las percusiones marcan un compás que se abre paso entre el estruendo del tránsito. El otro deja que el saxofón respire sobre el pavimento, convirtiendo el aire contaminado en una melodía que nadie esperaba escuchar en un crucero. Son dos lenguajes distintos que terminan diciendo lo mismo: la calle también puede ser un lugar para la belleza.

Los automóviles esperan la luz verde convencidos de que el movimiento les pertenece. Sin embargo, el verdadero tránsito ocurre en otro plano. Circulan las miradas, la sorpresa, la sonrisa furtiva del peatón, el niño que se detiene, el conductor que baja por un instante la ventanilla para escuchar. El arte modifica el espacio sin mover una sola piedra.

Hay algo profundamente mexicano en esta escena. Desde los antiguos mercados hasta las plazas coloniales, el espacio público ha sido territorio del encuentro, de la música y del oficio. Estos artistas son herederos de esa tradición silenciosa que no aparece en los monumentos, pero sostiene el espíritu de la ciudad.

Bajo un cielo cargado de nubes, en la esquina de Avenida Ermita, el saxofón y la percusión le disputan unos minutos al ruido. Y, por un instante, el semáforo deja de ordenar únicamente el tráfico para marcar el compás de una ciudad que recuerda que también sabe escuchar.

Porque las ciudades no sólo se construyen con concreto y asfalto. Se construyen, sobre todo, con quienes son capaces de convertir una esquina cualquiera en un escenario y un instante cotidiano en un acto de memoria colectiva. Allí, sobre Avenida Ermita, dos artistas nos recuerdan que el espacio público sigue siendo el lugar donde la cultura respira con más libertad.


le jeudi 16 juillet


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La verdura del caldo

Del campo a la ciudad


le mardi 14 juillet


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Los Hijos del Canal: Hermandad sobre Ruedas

Va, dejemos las etiquetas de lado. Hablemos de ellos como esa manada sobre ruedas: Mariwatzin, Crismelancholy, Lion_quack, Garvanito, Kriker, Huesos y Abner Skate. Juntos, son la prueba de que la patineta no es solo acrobacia, es perseverancia compartida. Cada truco que logran es fruto de caídas, levantarse y apoyarse. En este canal, han echado raíces. Su bandera es el sonido de las ruedas. Y en esa hermandad de jóvenes, el canal es tanto su pasado como su futuro.


le jeudi 9 juillet


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México 2 Inglaterra 3

Derrota de la selección Mexicana


le dimanche 5 juillet


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JAZMIN

Hay trabajadores cuyo oficio consiste en recorrer distancias; otros recorren voluntades. Jazmín hace ambas cosas. Desde hace cinco años atraviesa las calles de Iztapalapa sobre su motocicleta, ligera y constante, como un colibrí que reconoce el jardín flor por flor. Sólo que las flores, en este caso, son las pequeñas tiendas de barrio que sostienen la vida cotidiana de la ciudad.

Su llegada nunca es un acto mecánico. Es un saludo, una conversación breve, una pregunta sobre lo que hace falta y una promesa silenciosa de volver con el producto que mantendrá abastecidos los anaqueles. En ese intercambio se teje una relación que va más allá del comercio: es un pacto cotidiano de confianza entre quien vende y quien abastece.

Octavio Paz escribió que la vida se revela en los encuentros. También las ciudades. Iztapalapa no se construye únicamente con avenidas y edificios; se edifica con miles de diálogos discretos como éste, donde una motociclista escucha, anota y continúa su camino para que, días después, la mercancía llegue a tiempo y el barrio siga latiendo con la normalidad que casi nadie advierte.

Como el colibrí que visita una flor sin agotarla, Jazmín va de tienda en tienda llevando consigo algo más valioso que un catálogo: lleva la continuidad de la vida cotidiana. Porque detrás de cada botella colocada en un estante, de cada pedido registrado y de cada regreso cumplido, existe un oficio paciente que rara vez recibe aplausos, pero que mantiene en movimiento el pulso invisible de la ciudad.


le vendredi 3 juillet


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James, Adriana y Buor en Iztapalapa

Hay oficios que producen objetos; otros producen memoria. El muralista pertenece a esta segunda estirpe. Su taller no tiene techo, su lienzo mide calles y su galería es el barrio entero. Mientras el tiempo insiste en desgastar los muros, él responde con color, devolviéndoles dignidad y sentido.

En esta esquina de Iztapalapa, James, Adriana y Buor no sólo pintan una pared: dialogan con la ciudad. Cada trazo es una conversación con quienes pasan apresurados, con los niños que crecerán mirando ese muro y con los vecinos que, sin advertirlo, comienzan a reconocer su colonia en los colores que la habitan. El mural deja de ser pintura para convertirse en identidad.

El arte público posee una virtud que pocas expresiones alcanzan: no exige boleto ni cita previa. Sale al encuentro de la gente y democratiza la belleza. Allí donde antes hubo concreto desnudo, aparece una historia compartida; donde existía anonimato, florece el orgullo de pertenecer.

Como habría sugerido Gutierre Tibón, las ciudades también se escriben con imágenes. Y cuando manos como las de James, Adriana y Buor convierten un muro en relato, Iztapalapa deja de ser solamente un territorio: se vuelve una obra colectiva, donde el color vence al olvido y el arte demuestra que la cultura también se construye, brocha en mano, a ras del barrio.


le jeudi 2 juillet


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