JAZMIN
03/07/2026
Hay trabajadores cuyo oficio consiste en recorrer distancias; otros recorren voluntades. Jazmín hace ambas cosas. Desde hace cinco años atraviesa las calles de Iztapalapa sobre su motocicleta, ligera y constante, como un colibrí que reconoce el jardín flor por flor. Sólo que las flores, en este caso, son las pequeñas tiendas de barrio que sostienen la vida cotidiana de la ciudad.
Su llegada nunca es un acto mecánico. Es un saludo, una conversación breve, una pregunta sobre lo que hace falta y una promesa silenciosa de volver con el producto que mantendrá abastecidos los anaqueles. En ese intercambio se teje una relación que va más allá del comercio: es un pacto cotidiano de confianza entre quien vende y quien abastece.
Octavio Paz escribió que la vida se revela en los encuentros. También las ciudades. Iztapalapa no se construye únicamente con avenidas y edificios; se edifica con miles de diálogos discretos como éste, donde una motociclista escucha, anota y continúa su camino para que, días después, la mercancía llegue a tiempo y el barrio siga latiendo con la normalidad que casi nadie advierte.
Como el colibrí que visita una flor sin agotarla, Jazmín va de tienda en tienda llevando consigo algo más valioso que un catálogo: lleva la continuidad de la vida cotidiana. Porque detrás de cada botella colocada en un estante, de cada pedido registrado y de cada regreso cumplido, existe un oficio paciente que rara vez recibe aplausos, pero que mantiene en movimiento el pulso invisible de la ciudad.