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Reynaldo – MURALISTA MEXICANO
Reynaldo no pinta: pelea con el muro.
Cada trazo suyo es terco, como si el concreto le respondiera.
Entre cubetas, andamios y colores que no piden permiso, va armando memoria:
rostros que no salen en los libros, pero sostienen la historia.
No hay prisa.
El tiempo aquí se queda colgado junto a la escalera, viendo cómo un hombre le arranca silencio a la pared.
Porque mientras otros borran,
Reynaldo insiste.
Y en esa necedad —bendita necedad—
México vuelve a mirarse de frente.
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Los inadaptados CDMX
Hay algo profundamente humano —casi ritual— en rodar en grupo. No es solo una suma de cuerpos sobre bicicletas, sino una pequeña comunidad en movimiento, un microcosmos donde se ensaya, sin tanto discurso, lo que significa pertenecer.
El ciclista solitario pedalea contra el viento; el grupo, en cambio, lo domestica. Ahí aparece una lógica antigua: la del acompañamiento como estrategia de supervivencia. No es casualidad. Desde tiempos remotos, el ser humano entendió que avanzar juntos no solo hace más ligero el trayecto, sino más llevadera la existencia. En la rodada, como en las caravanas o en las peregrinaciones, nadie debería quedarse atrás. Y cuando alguien se rezaga, el grupo se detiene. No por caridad, sino por principio.
La bicicleta, en ese sentido, es más que un artefacto: es un mediador. Entre el cuerpo y la ciudad, entre el cansancio y la calma, entre el ruido exterior y el silencio interno. Hay algo terapéutico —aunque suene a cliché de consultorio barato— en el ritmo constante del pedaleo, en la respiración que se acomoda, en el pensamiento que deja de tropezarse consigo mismo. Pero esa terapia se vuelve otra cosa cuando es compartida: ya no es solo introspección, es vínculo.
El grupo de ciclistas es, entonces, una forma contemporánea de tribu urbana. Sin jerarquías rígidas, pero con códigos claros: se espera, se cuida, se acompaña. Se bromea, se sufre y, a veces, se maldice la subida… pero nadie se abandona. Porque en el fondo —aunque no se diga en voz alta— se sabe que lo importante no es llegar primero, sino llegar juntos.
Y eso, en estos tiempos donde cada quien parece ir por su cuenta, casi como si competir fuera la única manera de existir, resulta una pequeña rebelión sobre ruedas.
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Hugo y Miguel
Los organilleros no son uno: son muchos.
Son parte de un pulso colectivo que todavía resiste entre el ruido y la prisa.
Caminan la ciudad como si la conocieran desde antes de que fuera ciudad.
No solo cargan un instrumento: cargan memoria, historia, calle. Y lo hacen juntos, aunque a veces parezca que van solos.
El sonido del organillo no pide atención, la ocupa.
Se cuela entre claxonazos, vendedores, pasos apurados… y ahí se queda, como un recordatorio incómodo: no todo lo viejo se fue, no todo lo olvidado está muerto.
Ellos no son folclor de postal.
Son trabajo, son rutina, son herencia compartida. Son una forma de decir “seguimos aquí” sin necesidad de gritarlo.
Porque al final, el organillo no suena para uno solo.
Suena para todos.
Y en ese giro constante, en ese aire repetido, lo que realmente se escucha es algo más grande:
la ciudad tocándose a sí misma, en colectivo.
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My bro: Ney
A mi amigo Neythan, hijo de Judith y hermano de Karim:
Aunque eres el más pequeño, tienes un corazón enorme. Siempre estás dispuesto a ayudar, a acompañar y a hacer las cosas con entusiasmo. Eres de esos que no saben estarse quietos, porque tu energía y tus ganas de hacer siempre van un paso adelante.
Eres trabajador, juguetón y alegre, y eso te hace alguien muy especial. No cualquiera tiene esa chispa que tú tienes, esa forma de nunca rendirse ni aburrirse cuando hay algo por hacer.
Gracias por ser así, Neythan. Por tu actitud, por tu alegría y por todo lo que aportas, incluso sin darte cuenta.
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