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Elvia y Janette
De izquierda a derecha, Elvia y Janette caminan por la ciudad como quien conoce el peso de las horas y la medida del servicio. Ambas portan al cuello el signo de la Casa A, pero el verdadero distintivo no cuelga de un gafete: habita en las manos que atienden, en los pasos que recorren las calles y en la paciencia con que escuchan a los otros.
Elvia lleva en el rostro la memoria de los años. Su mirada recuerda a esas mujeres que sostienen los barrios sin aparecer en los libros: guardianas discretas del tejido cotidiano, constructoras de comunidad antes de que la palabra existiera en los discursos. En ella habita la experiencia que no se aprende en oficinas ni manuales, sino en la larga conversación con la vida.
Janette, por su parte, representa la continuidad del tiempo. La juventud no aparece aquí como ruptura, sino como relevo. Sus ojos observan la ciudad con la energía de quien todavía cree que el trabajo puede transformar una calle, una plaza o una conversación. Entre ambas no existe distancia generacional, sino un puente.
La antropología de las ciudades enseña que toda comunidad sobrevive gracias a quienes cuidan lo común. No son los nombres inscritos en los edificios los que sostienen a un barrio, sino las mujeres que, día tras día, recorren sus calles, escuchan sus problemas y ofrecen su tiempo a los demás.
Elvia y Janette, compañeras de la Casa A, representan dos edades de un mismo compromiso. Una aporta la experiencia; la otra, el impulso. Y juntas recuerdan que el trabajo comunitario no se hereda por decreto: se transmite mediante la presencia, la palabra y el ejemplo.
Las ciudades se construyen con piedra y concreto, pero también con mujeres que trabajan en silencio. Elvia y Janette son parte de esa arquitectura invisible que sostiene a Iztapalapa todos los días.
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La patria también viaja.
Estadio Ciudad de México, la selección colombiana venció 3-0 a Uzbekistán; sin embargo, más allá del marcador, lo que se jugó fue otra cosa: la persistencia de una identidad que se niega a quedarse encerrada dentro de sus fronteras.
Estos jóvenes, vestidos de amarillo, envueltos en risas, pelucas y banderas, no son simples aficionados. Son una pequeña embajada sentimental de Colombia. En ellos viajan los recuerdos de Medellín, Cali, Barranquilla o Bogotá; viajan las comidas, las canciones, los relatos familiares y esa forma tan particular de convertir cualquier encuentro en una celebración colectiva.
Como observaba Gutierre Tibón al estudiar los pueblos y sus símbolos, las naciones no existen solamente en los mapas, sino en las personas que las llevan consigo. La camiseta amarilla se vuelve entonces un estandarte; el cántico, una declaración de pertenencia; el abrazo entre desconocidos, una forma de reconocerse miembros de una misma comunidad imaginada.
La fotografía registra precisamente ese instante: Colombia lejos de Colombia. Una nación que, por unas horas, florece en las calles de la Ciudad de México. El fútbol sirve de pretexto, pero el verdadero espectáculo es otro: la capacidad humana de reconstruir el hogar allí donde coinciden la memoria, la emoción y el deseo de celebrar juntos.
Porque hay victorias que se cuentan en goles. Y otras, quizá más profundas, que se cuentan en sonrisas compartidas a miles de kilómetros de casa.
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On Pakio , Maikol y Kova
Mientras la ciudad corre detrás del reloj, ellos corren detrás del viento.
Sobre el asfalto húmedo, entre risas, charcos y desafíos improvisados, la bicicleta deja de ser un vehículo para convertirse en una forma de libertad. No hay boletos, horarios ni destinos obligatorios. Solo el camino, los amigos y esa sensación irrepetible de que el mundo es un poco más grande cuando se recorre pedaleando.
Cada rodada es una aventura compartida. Cada maniobra, una declaración de confianza. Cada kilómetro, una historia que se suma a la memoria de la amistad.
Porque viajar en bicicleta no consiste únicamente en llegar a un lugar. Consiste en descubrirlo juntos.
La libertad no siempre tiene alas. A veces tiene dos ruedas y rueda al lado de tus amigos.
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Danza en Tlalpan
La danza ocupa la calle y, por un instante, la transforma. No es un escenario construido para el espectáculo, sino un fragmento de ciudad apropiado por el movimiento. Sobre el asfalto húmedo, jóvenes bailarinas y bailarines convierten el espacio cotidiano en un territorio simbólico donde el cuerpo habla, celebra y se reconoce ante la mirada colectiva.
Desde una perspectiva antropológica, la danza cumple una función que va más allá del entretenimiento. Es un lenguaje social. A través de gestos, colores y ritmos compartidos, la comunidad reafirma su presencia en el espacio público y construye identidad. Los trajes brillantes, los brazos elevados y la sincronía de los movimientos expresan algo más profundo que una coreografía: la necesidad humana de pertenecer, de ser vistos y de formar parte de una historia común.
La lluvia reciente parece añadir una capa de significado. Mientras el pavimento refleja la luz y la humedad envuelve el ambiente, los cuerpos continúan danzando. La celebración persiste. Como ha ocurrido en plazas, caminos y mercados de innumerables culturas, el acto de bailar se convierte en una declaración silenciosa de vitalidad colectiva.
En esta imagen, la juventud no aparece como promesa futura, sino como fuerza presente. Cada paso, cada giro y cada gesto recuerdan que las ciudades también se construyen con emociones, encuentros y expresiones culturales. La calle deja de ser un lugar de tránsito para convertirse en un espacio de memoria, identidad y comunidad. Porque donde un grupo humano baila unido, por un momento, el mundo parece ordenarse al ritmo de sus propios sueños.
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Brandini, Diego y El Flaco. En Ermita Iztapalapa, CDMX. México.
De izquierda a derecha: Brandini, Diego y El Flaco. Tres nombres propios de una antigua estirpe urbana: la de quienes hacen del espacio público un escenario y del riesgo un oficio. En el crucero de Iztapalapa, entre cables eléctricos, anuncios de préstamos y el rumor incesante de los automóviles, ellos levantan otra economía: la del asombro.
Como habría observado Gutiérrez Tibón, las ciudades no sólo se construyen con piedra y concreto, sino también con símbolos. Y estos tres malabaristas son símbolos vivientes de una cultura popular que se niega a desaparecer. Suspendidos entre la gravedad y el juego, convierten la esquina en rito y el semáforo en teatro.
Brandini sostiene el ritmo; Diego desafía la altura; El Flaco parece conversar con el aire. Sus cuerpos escriben una coreografía efímera sobre el asfalto, recordándonos que incluso en la urbe más áspera persiste la necesidad humana de crear belleza.
Iztapalapa, tantas veces narrada desde la carencia, revela aquí otro de sus rostros: el de la imaginación que resiste. Porque mientras el tránsito corre con prisa, ellos detienen por un instante el tiempo y nos recuerdan una verdad antigua: el arte no siempre habita los museos; a veces cruza la calle sobre una rueda y sostiene el cielo con un balón.
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Ángel se eleva por un instante sobre el ruido de la ciudad.
Debajo de él quedan los motores, la prisa, los semáforos y las preocupaciones cotidianas. Arriba, apenas un balón suspendido entre el cielo y la tierra. Parece un acto sencillo, pero en realidad es una declaración profunda sobre la voluntad humana.
Los antiguos pueblos entendían que el verdadero valor no residía en la fuerza física, sino en la capacidad de continuar. Seguir caminando cuando el camino se vuelve difícil. Seguir creando cuando todo invita a renunciar. Seguir amando cuando la vida exige sacrificios.
Ángel conoce esa verdad.
Su vuelo no es el de un atleta que desafía la gravedad por unos segundos. Es el de un padre que se niega a caer. Cada salto, cada esfuerzo y cada sonrisa tienen un destino claro: sus dos hijas, sus dos tesoros, la luz que orienta sus días y da sentido a sus batallas.
Mientras muchos observan un hombre jugando con un balón en medio del tráfico, la fotografía revela algo más profundo: la dignidad de quien ha decidido que ninguna circunstancia será más grande que sus sueños ni más fuerte que su amor.
Porque hay hombres que viven para sí mismos y hay hombres que viven para dejar un camino encendido para quienes vienen detrás.
Ángel pertenece a estos últimos.
LA VIDA SIGUE… Y AÚN HAY MÁS.
Más esperanza que miedo.
Más amor que resignación.
Más futuro que pasado.
Y mientras existan sus dos tesoros esperándolo al final del día, siempre habrá una razón para volver a levantarse, elevarse y tocar el cielo una vez más.
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Daniel, Mary, al fondo Manu y a la derecha Oscar.
Sobre Avenida Tláhuac, bajo la estructura elevada y entre el ruido de la ciudad, un grupo de pintores provenientes de Chalco, Estado de México, trabaja en Iztapalapa dando mantenimiento y color al espacio público. Su labor, muchas veces invisible para quienes pasan con prisa, forma parte de esa mejora cotidiana que sostiene a la ciudad: brocha, escalera, esfuerzo y jornada bajo el sol.
Ellos no solo pintan columnas; también dejan huella en el paisaje urbano. Desde la periferia al corazón de la capital, su trabajo recuerda que la ciudad se construye todos los días con manos trabajadoras, aunque casi nunca salgan en la postal bonita —porque claro, la ciudad “mejora sola”, según algunos distraídos.
Faltó Bety, pero ella estaba pintando más al fondo
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Casa de Gobierno A: aprender para servir
Hoy, la Casa de Gobierno A vivió una jornada de capacitación en el Auditorio Nacional, un espacio donde no sólo se compartieron conocimientos, sino también una responsabilidad enorme: prepararnos para recibir con dignidad, orden y compromiso a las y los visitantes que llegarán a la Ciudad de México con motivo del Mundial de Futbol.
Esta capacitación se asumió con responsabilidad, disciplina y unidad, gracias al trabajo de un gran equipo liderado por una directora comprometida, sensible y firme, que ha sabido conducir con claridad cada proceso. Pero también es justo reconocer a quienes sostienen el trabajo desde el territorio: las compañeras y compañeros de campo, quienes hacen la labor dura, la pesada, la que se realiza bajo el sol, en recorridos largos, en jornadas extensas y, muchas veces, en condiciones que exigen paciencia, temple y verdadera vocación.
Porque estar en territorio no es cosa menor. Es escuchar, orientar, resolver, caminar, esperar, insistir y seguir adelante sin perder el control, sin desesperarse y sin olvidar nunca para quién se trabaja. Ahí está el verdadero valor del servicio público: en la calle, en el contacto directo con la gente, en la disposición de atender incluso cuando el cansancio ya anda haciendo campaña en contra.
La Casa de Gobierno A representa con orgullo los ideales de la Cuarta Transformación: el compromiso con el pueblo, con quienes menos tienen, con la justicia social y con una forma de gobierno cercana, humana y presente. Aprendemos para ser mejores, pero sobre todo aprendemos para servir.
Porque servir no es sólo una palabra bonita para poner en un discurso. Servir al pueblo de la Ciudad de México es una responsabilidad diaria, una convicción y una forma de caminar junto a la gente.
Hoy quedó claro: cuando hay equipo, liderazgo, compromiso y corazón en el territorio, la transformación no se dice solamente; se trabaja.
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