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Hikuri Lunática: habitar el movimiento
Hikuri Lunática ha hecho del movimiento una forma de existencia. Viajera y malabarista, su trayectoria no puede entenderse solamente como una elección individual, sino como el resultado de una relación particular con los espacios, los cuerpos y las posibilidades que ofrece la vida urbana.
Hoy vive en Iztapalapa, pero su presencia en la ciudad conserva algo de ese tránsito permanente. En medio del tráfico, los automóviles y las reglas que organizan la circulación cotidiana, ella introduce otra lógica: la del cuerpo que juega, se desplaza y transforma momentáneamente el espacio público. Sus aros no son únicamente objetos de entretenimiento; son también instrumentos mediante los cuales ocupa un territorio que normalmente pertenece a los vehículos.
Su cuerpo se convierte así en una forma de capital cultural y simbólico. Lo que ha aprendido durante su trayectoria viajera adquiere valor precisamente cuando es puesto en escena frente a los otros. El conocimiento del movimiento, el equilibrio y la destreza corporal le permiten producir una presencia que rompe, aunque sea por unos instantes, con los usos habituales de la calle.
Hay en esta imagen una tensión entre dos formas de habitar la ciudad. Detrás de Hikuri aparecen los automóviles, las líneas viales, los cables, los anuncios y una infraestructura que organiza los desplazamientos de acuerdo con una lógica funcional. Frente a ella, aparece el juego. La ciudad ordena; ella desordena. La ciudad acelera; ella se detiene para moverse de otra manera.
Su habitus, construido a través del viaje y de la práctica del malabarismo, parece encontrar en el espacio público un territorio donde las fronteras entre trabajo, arte, ocio y supervivencia se vuelven menos claras. Iztapalapa no es solamente el lugar donde actualmente reside: es el escenario en el que una trayectoria nómada adquiere nuevas formas y se relaciona con otros capitales, otros cuerpos y otras maneras de vivir.
La fotografía registra, entonces, algo más que una malabarista cruzando una avenida. Registra el encuentro entre una trayectoria individual y una estructura social. Hikuri Lunática ocupa durante unos segundos un espacio que no fue diseñado para ella y, al hacerlo, revela que la ciudad también puede ser disputada simbólicamente.
Entre el automóvil que espera, el peatón que observa y el cuerpo que juega, aparece una pregunta sencilla pero incómoda: ¿quién tiene derecho a ocupar el espacio público y de qué manera?
Hikuri no responde con un discurso. Responde con el cuerpo.
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Conejo
El rostro detrás del rostro
Hay personajes que se disfrazan para ocultarse y otros que se disfrazan para revelarse.
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Ili
Iliana aparece en la mañana, cuando la calle apenas despierta y el cuerpo busca algo caliente para comenzar. Entre pan, café, leche, choco leche y tés, su trabajo acompaña el primer movimiento del día. Saludos breves, confianza de quienes regresan porque ya la conocen. No es solo un puesto: es un punto de encuentro, una forma sencilla y constante de hacer barrio.
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PercuCirco official
Hay ciudades que levantan teatros de mármol y ciudades que, además, improvisan escenarios sobre el asfalto.
Durante unos cuantos segundos, cuando el semáforo enrojece y obliga a detener la prisa, la calle cambia de dueño. Los automóviles quedan inmóviles, los motores siguen respirando y, frente a parabrisas impacientes, aparecen ellos: artistas de la calle, equilibristas, músicos, malabaristas. No necesitan telón. Su escenario está pintado con líneas blancas y su función dura exactamente lo que tarda la luz roja en volverse verde.
Uno se eleva sobre zancos y golpea el tambor desde una altura improbable; otro desafía el equilibrio sobre una tabla sostenida por un cilindro; otro hace ondear telas de colores entre coches y camionetas. Todo ocurre deprisa. El tiempo del espectáculo no lo marca un reloj: lo gobierna el semáforo.
Hay algo profundamente urbano en esa escena.
Mientras unos cruzan la ciudad para llegar al trabajo, entregar mercancías o regresar a casa, ellos hacen del mismo tránsito una forma de sustento. Allí donde la mayoría sólo ve congestionamiento, ruido y calor, el artista descubre un pequeño territorio posible. Un espacio que dura quizá cuarenta segundos, pero que basta para levantar una función completa.
También hay una antigua dignidad en el oficio. Antes de los grandes escenarios existieron la plaza, el mercado, el camino y la calle. El artista popular siempre ha sabido encontrar público donde se reúnen los hombres. Hoy la plaza puede ser un crucero y el público puede mirar detrás de un parabrisas, con una moneda preparada en la mano.
La ciudad moderna presume velocidad, máquinas, anuncios, gasolina y concreto. Ellos responden con algo mucho más frágil: el cuerpo humano. Un pie sobre una tabla, dos piernas sostenidas por zancos, unas manos golpeando un tambor. Equilibrio contra tráfico. Color contra gris. Oficio contra incertidumbre.
Después aparece el verde.
Los artistas se apartan. Los automóviles arrancan. La avenida vuelve a comportarse como si nada hubiera sucedido.
Pero durante unos segundos ocurrió algo extraordinariamente antiguo en medio de una ciudad contemporánea:
alguien contó una historia con su cuerpo y otros, aun sin proponérselo, se convirtieron en espectadores.
Porque también así se habita Iztapalapa:
trabajando, resistiendo, haciendo equilibrio y convirtiendo un pedazo de asfalto en escenario.
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