Los inadaptados CDMX

12/04/2026

Hay algo profundamente humano —casi ritual— en rodar en grupo. No es solo una suma de cuerpos sobre bicicletas, sino una pequeña comunidad en movimiento, un microcosmos donde se ensaya, sin tanto discurso, lo que significa pertenecer.

El ciclista solitario pedalea contra el viento; el grupo, en cambio, lo domestica. Ahí aparece una lógica antigua: la del acompañamiento como estrategia de supervivencia. No es casualidad. Desde tiempos remotos, el ser humano entendió que avanzar juntos no solo hace más ligero el trayecto, sino más llevadera la existencia. En la rodada, como en las caravanas o en las peregrinaciones, nadie debería quedarse atrás. Y cuando alguien se rezaga, el grupo se detiene. No por caridad, sino por principio.

La bicicleta, en ese sentido, es más que un artefacto: es un mediador. Entre el cuerpo y la ciudad, entre el cansancio y la calma, entre el ruido exterior y el silencio interno. Hay algo terapéutico —aunque suene a cliché de consultorio barato— en el ritmo constante del pedaleo, en la respiración que se acomoda, en el pensamiento que deja de tropezarse consigo mismo. Pero esa terapia se vuelve otra cosa cuando es compartida: ya no es solo introspección, es vínculo.

El grupo de ciclistas es, entonces, una forma contemporánea de tribu urbana. Sin jerarquías rígidas, pero con códigos claros: se espera, se cuida, se acompaña. Se bromea, se sufre y, a veces, se maldice la subida… pero nadie se abandona. Porque en el fondo —aunque no se diga en voz alta— se sabe que lo importante no es llegar primero, sino llegar juntos.

Y eso, en estos tiempos donde cada quien parece ir por su cuenta, casi como si competir fuera la única manera de existir, resulta una pequeña rebelión sobre ruedas.