José Antonio y Esaú: escribanos de los muros de Iztapalapa

31/08/2026

En Iztapalapa, hasta los muros aprenden a hablar.

José Antonio y Esaú trabajan frente a una pared todavía en blanco, preparando los rótulos que darán identidad y orientación a una escuela de Iztapalapa. Primero viene el trazo, la medida, la proporción; después aparecerán las letras y el color. Nada surge por accidente, aunque desde lejos parezca sencillo. El buen rotulista hace que años de oficio parezcan apenas un movimiento de la mano. Qué conveniente habilidad humana.

El lápiz detrás de la oreja, la cinta en la muñeca y la mirada atenta recuerdan que este trabajo nació mucho antes de las impresoras y las pantallas. Aquí la tipografía todavía pasa por los dedos.

José Antonio y Esaú convertirán los muros en señales: nombres de aulas, espacios, accesos y lugares que ayudarán a estudiantes, maestros y visitantes a reconocer la escuela y caminar por ella. Porque nombrar un espacio también significa apropiarse de él, reconocerlo y hacerlo parte de la comunidad.

El rotulista es uno de esos personajes discretos de la ciudad cuya obra permanece cuando él ya se ha marchado. Su nombre quizá no aparece al pie de cada letra, pero su mano queda repartida sobre puertas, bardas y corredores.

Mientras en las aulas se enseña a leer y escribir, José Antonio y Esaú hacen algo semejante con los muros: les enseñan a decir quiénes son, dónde estamos y hacia dónde debemos caminar.

Y así, entre regla, lápiz, cinta y pintura, José Antonio y Esaú continúan una vieja tradición popular: la de escribir a mano la memoria cotidiana de Iztapalapa.