Alejandra pinta a Alejandra
29/10/2026
Alejandra, madre, apoya una mano en la cabeza de su hija y con la otra le trabaja el rostro con pintura. En esa economía de gestos cabe una ceremonia completa: confiar la cara propia a la mano conocida. Alrededor hay sillas plegables y pasto; entre ambas, la intimidad de un preparativo.
Se acerca la celebración del Día de Muertos, cuando muchas familias disponen un lugar para sus ausentes. En la ofrenda, una fotografía devuelve un rostro; el alimento recuerda un gusto; las flores y las velas acompañan la espera. Los muertos recuperan sus nombres y vuelven a entrar en la conversación de los vivos. Alguien cuenta cómo reía la abuela, qué comía el abuelo, qué ocurrencia todavía merece una carcajada. La pena encuentra compañía alrededor de la mesa.
Los pequeños se acercan a ese mundo mirando, preguntando, ayudando. Aprenden a colocar una flor y a reconocer a quienes aparecen en las fotografías. También participan con el vestido y el rostro transformados: llevan la figura de la calavera a una fiesta donde el recuerdo puede convivir con el juego.
Alejandra pinta a Alejandra. El nombre compartido parece tender un hilo entre dos generaciones. La madre sostiene; la hija se deja sostener. Mientras avanza el maquillaje, una costumbre adquiere para la niña temperatura, tacto y cercanía. Algún día, el recuerdo de esta celebración tendrá también las manos de su madre.
En muchas familias, las mujeres preparan buena parte de ese encuentro: cocinan, buscan retratos, arreglan los altares y consiguen que los pequeños se queden quietos para terminar de pintarlos. Hasta la Muerte debe tener paciencia cuando una mamá está corrigiendo el maquillaje.
La fotografía guarda uno de esos trabajos discretos que hacen posible la fiesta. Todavía no vemos por completo el rostro terminado; vemos el cuidado de su elaboración. Allí, entre unos dedos que pintan y una mano que protege, el Día de Muertos empieza a hacerse memoria.
Después, el agua se llevará los colores. Pero quizá Alejandra conserve durante años la sensación de aquella mano sobre su cabeza. Y cuando le toque preparar la ofrenda o pintar otro rostro pequeño, vuelva a encontrar a su madre en la forma de acomodar el cabello, de acercarse, de cuidar.