La patria también viaja.

17/06/2026

Estadio Ciudad de México, la selección colombiana venció 3-0 a Uzbekistán; sin embargo, más allá del marcador, lo que se jugó fue otra cosa: la persistencia de una identidad que se niega a quedarse encerrada dentro de sus fronteras.

Estos jóvenes, vestidos de amarillo, envueltos en risas, pelucas y banderas, no son simples aficionados. Son una pequeña embajada sentimental de Colombia. En ellos viajan los recuerdos de Medellín, Cali, Barranquilla o Bogotá; viajan las comidas, las canciones, los relatos familiares y esa forma tan particular de convertir cualquier encuentro en una celebración colectiva.

Como observaba Gutierre Tibón al estudiar los pueblos y sus símbolos, las naciones no existen solamente en los mapas, sino en las personas que las llevan consigo. La camiseta amarilla se vuelve entonces un estandarte; el cántico, una declaración de pertenencia; el abrazo entre desconocidos, una forma de reconocerse miembros de una misma comunidad imaginada.

La fotografía registra precisamente ese instante: Colombia lejos de Colombia. Una nación que, por unas horas, florece en las calles de la Ciudad de México. El fútbol sirve de pretexto, pero el verdadero espectáculo es otro: la capacidad humana de reconstruir el hogar allí donde coinciden la memoria, la emoción y el deseo de celebrar juntos.

Porque hay victorias que se cuentan en goles. Y otras, quizá más profundas, que se cuentan en sonrisas compartidas a miles de kilómetros de casa.