Joaquín , Luisillo y El Chuy

10/10/2026

Para encontrarse, Joaquín, Luisillo y el Chuy tienen una dirección que cabe en dos palabras: el río. Allí están el árbol desnudo, la hierba, las flores pequeñas que crecen a su aire. Cada visita añade algo al lugar: una conversación, una ocurrencia que seguirá dando risa semanas después, una tarde en que alguno llegó con pocas ganas de hablar y se quedó de todos modos.
La amistad tiene su geografía. Conoce caminos, reconoce piedras, sabe dónde sentarse. Entre tantos sitios por los que pasamos, algunos adquieren la familiaridad de una voz. Basta acercarse para recordar cómo somos cuando estamos a gusto.
Joaquín, Luisillo, el Chuy. También en la manera de nombrarse hay cercanía: el diminutivo, el apodo, ese artículo que vuelve inconfundible a una persona entre todas. Así se va poblando el mundo de gente que nos importa; así una orilla cualquiera termina guardando parte de nuestra vida.
Por eso hace falta un lugar donde encontrarse. Un sitio al que se pueda llegar con el día tal como viene, con algo que contar o apenas con tiempo para quedarse. El frío obliga a recogerse dentro de la chamarra. La plática va tomando su curso. Todavía queda tarde.
Y cuando alguno diga después «nos vemos en el río», los otros sabrán qué camino tomar y a quiénes esperan encontrar al final.