Brandini, Diego y El Flaco. En Ermita Iztapalapa, CDMX. México.
13/06/2026
De izquierda a derecha: Brandini, Diego y El Flaco. Tres nombres propios de una antigua estirpe urbana: la de quienes hacen del espacio público un escenario y del riesgo un oficio. En el crucero de Iztapalapa, entre cables eléctricos, anuncios de préstamos y el rumor incesante de los automóviles, ellos levantan otra economía: la del asombro.
Como habría observado Gutiérrez Tibón, las ciudades no sólo se construyen con piedra y concreto, sino también con símbolos. Y estos tres malabaristas son símbolos vivientes de una cultura popular que se niega a desaparecer. Suspendidos entre la gravedad y el juego, convierten la esquina en rito y el semáforo en teatro.
Brandini sostiene el ritmo; Diego desafía la altura; El Flaco parece conversar con el aire. Sus cuerpos escriben una coreografía efímera sobre el asfalto, recordándonos que incluso en la urbe más áspera persiste la necesidad humana de crear belleza.
Iztapalapa, tantas veces narrada desde la carencia, revela aquí otro de sus rostros: el de la imaginación que resiste. Porque mientras el tránsito corre con prisa, ellos detienen por un instante el tiempo y nos recuerdan una verdad antigua: el arte no siempre habita los museos; a veces cruza la calle sobre una rueda y sostiene el cielo con un balón.