Unos inadaptados

16/05/2026

Hay fotografías que parecen registrar un momento, y otras que, sin pedir permiso, terminan registrando una forma de estar en el mundo. Esta imagen pertenece a las segundas.

Clifford Geertz habría dicho que la cultura no vive en los grandes discursos, sino en esas pequeñas acciones que repetimos hasta volverlas rituales: un gesto, una broma, una parada inesperada. Y rodar en bicicleta, entre personas tan distintas y tan parecidas, tiene algo de eso; es una especie de ceremonia contemporánea sobre dos ruedas.

Aquí hay historias diminutas y enormes al mismo tiempo: accidentes que por fortuna se quedan en raspones y después se vuelven anécdotas narradas con orgullo exagerado —porque el ciclista convierte cada caída en epopeya—; tacos de carnitas con un sospechoso color rosado, aceptados con una fe que pocas religiones consiguen despertar; Coca-Cola compartida, algunos en solitario y otros en pareja, mientras el hambre y el cansancio ponen tregua a la ruta.

Y luego está ella: la bicicleta. Ese ser amado que uno manipula, limpia, ajusta, regaña y presume. A veces parece máquina; otras veces termina siendo compañera, terapeuta y cómplice silenciosa. Nos ha enseñado distancias, paciencia, resistencia; nos ha permitido descubrir lugares que parecían imposibles y entender que una ciudad cambia por completo cuando se mira al ritmo de los pedales.

Porque al final uno cree que sale a rodar para recorrer calles. Y no. Con cierta ironía —muy propia de la vida— uno termina descubriendo que las rutas sirven para otra cosa: para conocer personas. Personas extrañas, distintas, con historias incompatibles, pero unidas por una obsesión sencilla y hermosa: salir a rodar.

Y quizá ahí esté el verdadero trayecto. No en los kilómetros. Ni en las bicicletas. Ni siquiera en el destino.

Sino en esa extraña tribu que, entre risas, cascos, tacos dudosos y ruedas girando, termina convirtiéndose en hogar.