El viejo, Teocelo, Veracruz.
31/12/2025
En Teocelo, el 31 de diciembre no es solo una fecha de cierre, sino un umbral. La caminata del Viejo aparece como una escena pública donde el tiempo se vuelve visible y caminable. Los cuerpos disfrazados —niños, jóvenes y adultos— no representan únicamente la vejez; encarnan al año que se agota, cansado pero todavía risueño, consciente de su destino. El Viejo sabe que va a morir, y por eso canta.
La procesión avanza por las calles como un relato coral. Los instrumentos improvisados, las latas convertidas en tambores, las guitarras y panderos no buscan perfección musical: buscan presencia. Cada golpe marca el paso del tiempo que se va; cada verso repetido y cada rima improvisada actualizan una memoria compartida. Pedir limosna no es aquí un acto de carencia económica, sino un intercambio simbólico: la comunidad ofrece unas monedas a cambio de participar en el ritual de despedida.
El canto insiste en una idea central: el Viejo deja hijos para el año nuevo. No muere del todo. Se transforma. A medianoche será ceniza, pero antes recorre el pueblo, se ríe de sí mismo y permite que la comunidad dramatice, una vez más, la paradoja del tiempo: todo termina y, sin embargo, todo continúa.
La imagen captura ese momento suspendido. Los disfraces no ocultan identidades; las multiplican. Nadie es solo espectador. Todos, de algún modo, están caminando con el Viejo. En ese gesto colectivo, Teocelo no solo despide un año: reafirma su manera particular de estar juntos en el tiempo, de narrar el cambio y de domesticar la incertidumbre mediante la risa, la música y el recorrido compartido.