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Tijuana team
Nueve camisetas negras y una roja se agrupan frente a la portería. A primera vista, es una alineación más en una liga amateur de la Ciudad de México. Pero eso sería una descripción delgada. Lo que ocurre aquí es más denso.
El futbol, en este contexto, no es solo un juego reglamentado por un árbitro y un reloj. Es una práctica social donde se condensan trayectorias laborales, amistades forjadas fuera del campo, cansancios acumulados durante la semana y una idea compartida —no siempre explícita— de disciplina y pertenencia. Las camisetas negras no uniforman únicamente cuerpos: homogeneizan expectativas. La roja, lejos de ser una anomalía, introduce una distinción funcional que el grupo reconoce sin discutir. Nadie explica su sentido; todos lo saben.
El espacio también habla. La cancha sintética, cercada y nocturna, separa este mundo del resto de la ciudad sin aislarlo del todo. Al fondo, peatones, bicicletas, miradas fugaces. El partido no interrumpe la vida urbana: la reinterpreta. Durante noventa minutos, correr tiene significado, el contacto físico es legítimo, el grito es aceptable. El gol —si llega— no es solo un punto: es una validación momentánea del esfuerzo colectivo.
Desde esta perspectiva, el futbol funciona como un texto que el equipo escribe con el cuerpo. Cada jugada es una frase tentativa; cada error, una corrección pública. No se juega únicamente para ganar, sino para confirmar algo más básico: que el grupo existe, que sus reglas son compartidas y que, al menos aquí, el orden es posible. Cuando termina el partido, las camisetas se dispersan y la ciudad recupera su forma. Pero el sentido producido —esa breve coherencia social— permanece, aunque sea como eco.
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U_u
Gracias por este regalo tan especial. No es solo una bicicleta a escala: es una forma muy clara de decir “te conozco” y “te quiero”. Saber que pensaste en mí, en lo mucho que disfruto estar sobre la bici, hace que este detalle tenga un valor enorme.
Me la diste el día de mi cumpleaños, sí, pero lo que realmente me regalaste fue la sensación de ser querido, visto y acompañado. Tener familiares así, atentos y cercanos, es algo que agradezco profundamente. Te quiero mucho.
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La rosca de reyes
La belleza de las tradiciones no está solo en lo que se come o en la fecha marcada en el calendario, sino en el gesto que las activa. La Rosca de Reyes es pan, sí, pero sobre todo es intención. Es alguien que piensa en los otros antes de partirla, alguien que entiende que compartir no es automático ni obligatorio, sino una elección.
Hoy, por ejemplo, Héctor llevó la rosca tradicional para compartirla con la familia. Ese acto, sencillo en apariencia, dice mucho. No cualquiera llega con una rosca bajo el brazo: implica memoria, cuidado y el deseo explícito de reunir. La tradición vive justo ahí, en ese movimiento cotidiano que conecta pasado y presente sin necesidad de discursos.
La imagen acompaña esa idea. La rosca al frente, con sus colores y texturas, ocupa el centro como símbolo. Al fondo, desenfocados pero presentes, Andrea y Héctor conversan, sostienen el momento. No posan: habitan la escena. Esa distancia visual refuerza el sentido de la tradición como algo que no se impone, sino que ocurre mientras la vida sigue.
La Rosca de Reyes, entonces, no es nostalgia vacía. Es una práctica viva que recuerda que la familia también se construye con gestos pequeños, repetidos, casi invisibles. En un mundo acelerado y ruidoso, partir pan juntos sigue siendo una forma poderosa —y tranquila— de decir: aquí estamos, compartiendo.
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Teocelo visto desde Baxtla
El paisaje de Teocelo visto desde Baxtla dice mucho sin levantar la voz. Las casas asomadas entre el verde, la iglesia marcando el ritmo del pueblo y los cerros que lo rodean recuerdan que aquí la vida no se entiende de manera aislada. Teocelo es un lugar donde la familia no es solo un vínculo privado, sino una forma de habitar el territorio.
Tener familia en Teocelo significa pertenecer. Las familias han sido históricamente el hilo que conecta la tierra, el trabajo y la memoria. En un pueblo como este, la familia no solo cuida a las personas, también cuida las parcelas, las tradiciones, las fiestas y los silencios. La cercanía entre hogares hace que la vida cotidiana sea compartida: se crían hijos, se acompañan enfermedades, se celebran logros y se resisten las dificultades en colectivo.
La importancia de la familia aquí también está en la transmisión del conocimiento. Saber cuándo sembrar, cómo leer el clima, cómo organizar una mayordomía o respetar el monte no suele aprenderse en libros, sino en la convivencia diaria entre generaciones. La familia funciona como una escuela viva, donde el pasado y el presente dialogan sin necesidad de discursos grandilocuentes.
En un mundo que empuja hacia la prisa y el individualismo, Teocelo ofrece otra lógica: la del cuidado mutuo. La familia, ampliada a vecinos y compadres, construye una red que sostiene la vida. No es ideal ni perfecta, pero es real y profundamente significativa. Desde Baxtla, al mirar el pueblo extendido entre los cerros, se entiende que la fuerza de Teocelo no está solo en su paisaje, sino en las familias que lo habitan y lo mantienen vivo día con día.
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Donde el tiempo aprende a quedarse
El tiempo no pasa: se pronuncia.
Se dice a sí mismo en cuatro voces
y por un instante se queda.
Elena, bisabuela:
memoria viva,
raíz que recuerda cuando el mundo
aún aprendía a nombrarse.
En su mirada el ayer no se va:
respira.
Leticia, abuela:
presente que sostiene.
Puente hecho de manos,
de cuidado cotidiano,
de silencios que saben unir
lo que fue con lo que todavía insiste.
Mónica, madre:
el tiempo en tensión.
La pregunta abierta,
el ahora que avanza
sin soltar lo que ama.
En sus ojos el día se piensa.
Betsany, la pequeña:
instante puro.
El futuro antes del lenguaje,
la risa que aún no sabe
que es promesa.
Todo comienza otra vez en ella.
No se heredan los años.
Se hereda la luz,
el gesto que regresa,
el nombre que cruza el tiempo
como un hilo invisible.
Aquí el tiempo se reconoce,
se mira en cuatro cuerpos
y deja de huir.
Cuatro generaciones:
un mismo latido
dicho cuatro veces.
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