Rodrigo Alonso

Les légendes de Rodrigo Alonso /

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2019

Asunción: el árbol que no se va

En la Colonia Francisco Villa, donde el sol se derrama sobre banquetas rotas y los pinos doblan el cuello para oír mejor los cuentos del viento, vive Asunción. No es solo una mujer, no es solo una abuela. Es raíz viva. Es memoria tibia. Es hogar de palabras antiguas y silencios sabios. Ella —como los códices que aún laten bajo la tierra de Iztapalapa— guarda en su voz los rezos del maíz y las canciones que ya no salen en la radio. Su risa no suena, sino que **resplandece**. Como si cada carcajada encendiera una luz antigua sobre el rostro de Sergio, su nieto, que crece a su sombra con la calma de quien sabe que tiene un lugar en el mundo. Abuela es una palabra que no envejece. Como las raíces que nunca se ven, pero sostienen todo. Y Asunción, como árbol en tierra volcánica, se ha curvado con los años para proteger. En su falda, Sergio encuentra lo que la ciudad ha olvidado: el sabor del pan recién hecho, las historias sin prisa, los consejos que no vienen de Google, sino del corazón. Pablo Neruda escribió una vez: * »Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. » * Y es que mientras una abuela viva respire en nuestras casas, **la primavera no se va del todo**. Tener abuela es tener refugio. Es saber que hay alguien que recuerda lo que tú aún no sabías que habías olvidado. Tener a Asunción es tener un mapa en medio del caos, una brújula hecha de afecto. Y en esta casa de Francisco Villa, donde un mural pinta la esperanza y el pino se dobla como en reverencia, ahí están: Asunción y Sergio. Nieto y abuela. Futuro y raíz. Un abrazo que atraviesa los siglos.


le mercredi 2 avril


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José Santiago Flores R.

En la política —ese arte de la voluntad y la constancia— a veces uno tiene la fortuna de cruzarse con personas que no solo abren puertas, sino que acompañan el paso con generosidad. A José Santiago lo conocí cuando aún andaba tanteando los bordes de este oficio exigente; él, con esa mezcla de paciencia antigua y mirada firme, me extendió la mano, no solo a mí, sino a mi equipo, reconociendo en cada uno no solo el presente, sino la promesa del porvenir. Desde 2018 hasta hoy, ha sido guía sin imposición, maestro sin dogmas, y sobre todo, amigo sin reservas.

Hoy le tomé una fotografía —modesto homenaje— para agradecerle su tiempo compartido, su oído atento incluso en el desorden de las campañas, su consejo que no busca el aplauso, sino el crecimiento. En su temple aprendí que la política también puede ser un acto de lealtad afectiva, donde las decisiones nacen del compromiso, pero se sostienen con humanidad. Gracias, jefe Santiago, por ser brújula, compañía y firmeza. En esta imagen va una historia de gratitud, de formación y de afecto que no se borra.


le mardi 1 avril


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