PercuCirco official
08/08/2026
Hay ciudades que levantan teatros de mármol y ciudades que, además, improvisan escenarios sobre el asfalto.
Durante unos cuantos segundos, cuando el semáforo enrojece y obliga a detener la prisa, la calle cambia de dueño. Los automóviles quedan inmóviles, los motores siguen respirando y, frente a parabrisas impacientes, aparecen ellos: artistas de la calle, equilibristas, músicos, malabaristas. No necesitan telón. Su escenario está pintado con líneas blancas y su función dura exactamente lo que tarda la luz roja en volverse verde.
Uno se eleva sobre zancos y golpea el tambor desde una altura improbable; otro desafía el equilibrio sobre una tabla sostenida por un cilindro; otro hace ondear telas de colores entre coches y camionetas. Todo ocurre deprisa. El tiempo del espectáculo no lo marca un reloj: lo gobierna el semáforo.
Hay algo profundamente urbano en esa escena.
Mientras unos cruzan la ciudad para llegar al trabajo, entregar mercancías o regresar a casa, ellos hacen del mismo tránsito una forma de sustento. Allí donde la mayoría sólo ve congestionamiento, ruido y calor, el artista descubre un pequeño territorio posible. Un espacio que dura quizá cuarenta segundos, pero que basta para levantar una función completa.
También hay una antigua dignidad en el oficio. Antes de los grandes escenarios existieron la plaza, el mercado, el camino y la calle. El artista popular siempre ha sabido encontrar público donde se reúnen los hombres. Hoy la plaza puede ser un crucero y el público puede mirar detrás de un parabrisas, con una moneda preparada en la mano.
La ciudad moderna presume velocidad, máquinas, anuncios, gasolina y concreto. Ellos responden con algo mucho más frágil: el cuerpo humano. Un pie sobre una tabla, dos piernas sostenidas por zancos, unas manos golpeando un tambor. Equilibrio contra tráfico. Color contra gris. Oficio contra incertidumbre.
Después aparece el verde.
Los artistas se apartan. Los automóviles arrancan. La avenida vuelve a comportarse como si nada hubiera sucedido.
Pero durante unos segundos ocurrió algo extraordinariamente antiguo en medio de una ciudad contemporánea:
alguien contó una historia con su cuerpo y otros, aun sin proponérselo, se convirtieron en espectadores.
Porque también así se habita Iztapalapa:
trabajando, resistiendo, haciendo equilibrio y convirtiendo un pedazo de asfalto en escenario.