Polígono 16

16/01/2026

En la escena cotidiana de Iztapalapa, en ese cruce de concreto, cables, voces y trayectorias que es la Ciudad de México, el equipo del Polígono 16 se presenta como algo más que una estructura administrativa. Ángeles, Xóchitl, Olga, Araceli, Sandra, Judith y Teresa no están ahí solo como nombres propios ni como cargos dentro de la Secretaría de Atención y Participación Ciudadana. Están como una trama viva. Cada una porta una historia que no se ve completa a simple vista, pero que se intuye en los gestos, en la forma de ocupar el espacio, en la confianza con la que se miran y se sostienen.

Al estilo de una descripción densa, diría Clifford Geertz, lo importante no es únicamente lo que hacen, sino lo que significa que lo hagan juntas. Trabajar en la Casa de Gobierno A no es un dato administrativo: es un punto de anclaje simbólico. Ahí, el Estado deja de ser una abstracción y se vuelve cuerpo, palabra, escucha. El equipo es el mediador entre lo institucional y lo barrial, entre la norma escrita y la vida real que siempre desborda los formatos.

Tener un equipo así es una forma de fortaleza que no se parece a la rigidez, sino a la elasticidad. Cada una cumple una función distinta, pero ninguna es prescindible. Hay saberes técnicos, sí, pero también hay saberes del cuidado, del tiempo, del conflicto, del ánimo. En ese intercambio constante se produce algo profundamente educativo. No una educación vertical, sino una pedagogía cotidiana, donde aprender y enseñar ocurre al mismo tiempo, en la calle, en la gestión, en la escucha atenta de los otros.

Como educador, no te construyes en soledad. Te haces en la fricción y en el acompañamiento. El equipo no solo ejecuta proyectos: te forma, te corrige, te sostiene cuando el cansancio pesa y te recuerda por qué importa lo que se hace. En ese sentido, el Polígono 16 no es solo un territorio delimitado por mapas oficiales; es un espacio afectivo y político donde se ensaya, día a día, otra manera de hacer ciudad.

Iztapalapa aparece entonces no como periferia, sino como centro de sentido. Ahí, el trabajo colectivo demuestra que la participación ciudadana no es un discurso, sino una práctica encarnada. El equipo es prueba de que la acción pública puede ser cercana, humana y profundamente significativa.